Hay una clase de soledad particularmente cabrona que sólo puede producir una ciudad llena de gente. No la del departamento vacío, ni la del teléfono que no suena, sino esa otra: caminar entre cientos, miles, millones de personas y descubrir que, en realidad, no conoces a nadie. O peor: que nadie te conoce a ti.
Pau Lasa, bueno mejor dicho; Cyuna parece haber estado pensando precisamente en eso.
Después de un par de años soltando sencillos como quien deja migajas para descubrir después hacia dónde iba el camino, la cantautora mexicana anuncia la llegada de su primer LP y presenta No me conoces, una canción que comienza como si estuviera hablándole a una habitación vacía y termina convirtiendo esa habitación en una especie de estado mental.
La letra está llena de imágenes que parecen sacadas de un sueño particularmente incómodo: una casa que no da señales de vida, un silencio del que cuelga la distorsión, flores imposibles de abrir desde un balcón. Todo parece estar ahí, quieto, detenido, esperando que alguien encuentre la llave correcta.
Pero no hay llave.

Porque No me conoces no habla realmente de paredes. Habla de las que construimos.
El aislamiento aquí no es necesariamente físico. Es esa separación mucho más difícil de fotografiar: la distancia psicológica entre dos personas sentadas en la misma mesa, la conversación que nunca ocurre, el mensaje que reemplaza una mirada, el algoritmo que insiste en convencernos de que estamos conectados mientras seguimos flotando en nuestra propia cápsula.
Hace décadas, Jim Morrison ya había encontrado una frase bastante más elegante para este asunto: People are strange when you’re a stranger. Cyuna parece contestarle desde otro siglo, uno en el que ya no basta con salir a la calle para dejar de estar solo. Ahora podemos estar rodeados de notificaciones, chats, seguidores, historias, videollamadas y fotografías de gente que desayuna cosas que jamás veremos en persona. Tenemos acceso potencial a todo el mundo y, al mismo tiempo, seguimos sin saber qué demonios está pasando dentro de la persona que tenemos enfrente.
Ahí está el pequeño golpe de No me conoces.
Porque la canción no pretende resolver nada. No llega con un manual de instrucciones para derrotar el aislamiento, ni con la habitual moraleja de “hay que conectar con los demás”. Gracias a Dios. Simplemente observa el problema y lo deja respirar.
Cada persona es un territorio desconocido.
Y quizá ésa sea una de las cosas más difíciles de aceptar en una época obsesionada con clasificarlo todo: que detrás de cada rostro hay una cantidad absurda de historias, contradicciones, recuerdos, deseos, traumas, fantasías y pequeñas miserias que jamás alcanzaremos a conocer por completo. No necesariamente somos multitudes —eso ya se lo dejamos a Whitman—, pero definitivamente somos bastante más complicados que nuestra foto de perfil.
Musicalmente, Cyuna tampoco parece tener demasiado interés en resolver las cosas de manera convencional. La co-producción con Emilio Acevedo y se mueve en esa zona deliciosamente nebulosa donde el dream pop, el shoegaze, el krautrock, el freak folk y la electrónica pueden darse un abrazo sin tener que explicar después qué demonios estaban haciendo juntos.
Las guitarras reverberan como recuerdos que se niegan a desaparecer. El órgano aparece casi de contrabando. Las voces se mantienen cálidas, sobrias, deliberadamente contenidas. Y debajo de todo hay un ritmo austero, insistente, hipnótico, que no parece llevarte hacia ninguna parte tanto como convencerte de quedarte ahí un rato.
Es música para perder ligeramente la noción del tiempo.
Y entonces aparece el saxofón de Aldo Max, conocido por su trabajo con Los Músicos de José y Santa Sabina, introduciendo una especie de bicho extraño dentro de este paisaje melancólico. No destruye la atmósfera: la pincha. La mueve. Le recuerda que incluso dentro de una canción sobre el aislamiento todavía existe algo parecido al juego.
Es un contraste inteligente. La tristeza absoluta puede ser tan predecible como la felicidad absoluta. Cyuna parece entender que la melancolía también puede bailar.
Por eso No me conoces funciona menos como una canción sobre la soledad y más como una canción sobre el misterio de los demás. Sobre esa distancia imposible entre lo que creemos saber de alguien y todo aquello que jamás podremos saber.
La casa sigue ahí.
El balcón sigue ahí.
Las flores siguen cerradas.
Y afuera hay una ciudad entera llena de desconocidos.
Quizá todos estamos esperando que alguien, por una vez, se tome el tiempo de tocar la puerta.
