Por: Jonathan Villicaña
Hoy el running vive un momento de gloria. Probablemente atraviesa su época dorada en México. Quizá ni siquiera durante los años en que los grandes exponentes mexicanos conquistaban maratones internacionales veíamos tantos corredores ocupando parques, camellones, ciclovías y calles de la ciudad. Lo que no logró el llamado “Escuadrón de la Muerte” en los años noventa, lo consiguieron décadas después el marketing, las redes sociales y, en cierta medida, la gentrificación de ciertos espacios urbanos.
Y no me malinterpreten: me encanta ver más gente corriendo.

Me gusta saber que miles de personas están descubriendo los beneficios de moverse, de salir de casa, de ponerse unos tenis y sumar kilómetros en favor de su salud física y mental. Poco importa si el detonante fue una recomendación médica, la búsqueda de una mejor condición física, una meta deportiva, la estética corporal o simplemente el deseo de pertenecer a un grupo social. Al final, correr sigue siendo una de las actividades más democráticas que existen. Basta con tener un par de tenis y la voluntad de dar el primer paso.
Sin embargo, como ocurre con cualquier fenómeno masivo, el crecimiento también trae consigo consecuencias que vale la pena analizar.
Los espacios para correr están más saturados que nunca. Algunas de las costumbres no escritas que durante años ayudaron a mantener la convivencia entre corredores parecen haberse diluido. Es común encontrar grupos caminando o trotando lentamente en los carriles de velocidad, corredores que utilizan audífonos con cancelación de ruido y no escuchan las advertencias de quienes vienen detrás, personas que avanzan viendo el celular como si estuvieran revisando redes sociales en la sala de su casa o usuarios que reaccionan con molestia cuando alguien les pide el paso.
Son detalles pequeños, pero reflejan algo más grande: la llegada masiva de nuevos corredores no siempre ha venido acompañada de una cultura del running.
Las carreras tampoco son las mismas. Lo que antes eran eventos deportivos hoy muchas veces parecen festivales de consumo. Los folios se agotan en cuestión de minutos para competencias que hace algunos años tardaban semanas o meses en llenarse. Los precios aumentan constantemente y buena parte del costo parece justificarse mediante kits de corredor que incluyen desde productos promocionales hasta artículos que muchos participantes jamás utilizarán.

Las expos previas a las carreras, que deberían ser espacios prácticos para recoger números y resolver dudas, en ocasiones se convierten en auténticos ejercicios de resistencia. Hay días en que recoger un kit puede sentirse más complicado que correr los propios kilómetros de la competencia. Las filas interminables, las aglomeraciones y la logística deficiente terminan generando una experiencia frustrante incluso antes de llegar a la línea de salida.
Quizá por eso cada vez me siento más distante de los aspectos sociales que rodean al running moderno.
Mi historia con este deporte comenzó de una forma mucho más simple. Cerca de cumplir los treinta años tenía sobrepeso y necesitaba incorporar actividad física a mi vida. No contaba con dinero suficiente para pagar un gimnasio, así que tomé la decisión más sencilla: amarrarme las agujetas y salir al camellón más cercano que tuviera espacio para correr.
Recuerdo perfectamente aquel primer día. No fui capaz de correr ni quinientos metros continuos. Me faltaba el aire, me pesaban las piernas y cada minuto parecía eterno. Sin embargo, algo me hizo volver al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente.
Con el tiempo llegaron los primeros cinco kilómetros, después los diez, más tarde el medio maratón, distancia de la que terminé enamorándome durante muchos años. Ahora, en 2026, me encuentro preparando una nueva revancha contra los 42 mil 195 metros del maratón, entrenando prácticamente de la misma forma en que comencé: solo, sin grupos, sin fotografías para redes sociales y sin demasiadas distracciones.
Porque, para mí, el running sigue siendo un espacio íntimo.
También observo con preocupación otros problemas que han aparecido junto con el crecimiento de la disciplina. Organizadores que desaparecen días antes de una carrera después de haber cobrado cientos de inscripciones. Marcas que buscan apropiarse de la conversación deportiva sin un compromiso real con la comunidad. Corredores que convierten espacios públicos en escenarios de confrontación con vecinos o autoridades. Eventos que dejan toneladas de basura a su paso mientras presumen discursos sobre bienestar y sostenibilidad.
Nada de esto representa a todos los corredores, por supuesto. Pero sí son síntomas de una comunidad que crece más rápido de lo que alcanza a reflexionar sobre sí misma.
Por eso, aprovechando el Día Mundial del Running, me gustaría hacer una invitación sencilla.
Que cada kilómetro recorrido sirva también para pensar. Que aprovechemos ese estado casi meditativo que aparece cuando el cuerpo encuentra ritmo y la mente comienza a despejarse. Que nos preguntemos qué podemos mejorar desde nuestra propia trinchera.

Tal vez la respuesta sea respetar los espacios compartidos. Tal vez consumir menos y correr más. Quizá elegir con mayor cuidado los eventos en los que participamos. O simplemente recoger una botella vacía que alguien dejó atrás.
Las posibilidades son muchas.
Hoy en el día mundial del running hago este llamado desde la voz de un corredor independiente, sin afiliaciones, sin intereses comerciales y sin otra autoridad que los kilómetros acumulados durante más de una década. Porque al final, más allá de las marcas, las medallas, las fotos y las tendencias, correr sigue siendo lo mismo que fue aquella primera vez: un pie delante del otro y la decisión de seguir avanzando.

